Los zancudos no me
dejaron dormir
insistían en decirme al
oído tu nombre,
un sabor resguardado en
la boca
me hacía recitar las
cosas que dijiste,
los recuerdos
desprendieron los cojollos de romero
de las plantas
redondeados de mis senos
para sembrarlos en tus
manos, en tu vida y en tu pecho.