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Te veo y me derrito, me hundo y me deshago,
Traspaso las rendijas de tu suelo maderero,
por mi propio peso, por la liquides de mis huesos
Y la gelatinocidad de mis carnes, me voy
Con la mirada pérdida en tus altas luces,
Con el pecho suave y resbaloso en presencia de las butacas.
Me seco y polvo me pego en los chimados pies y me respiran mil.
Me exhalan y vuelvo a caer esta vez con mayor consistencia,
Haciéndome poco a poco piedra, arcilla moldeable, granizo.
Me deshago, me reaniman caliente y por último
(Pero solo para cuidarla), levanto mi cabeza.