Él ya estaba lejos muy lejos y ella ya estaba demasiado acostumbrada a todos los días sacar las desteñidas acuarelas, aquellas acuarelas acariciadas tanto por las manos de Manuel.
De él solo le quedaba aquel mensaje de despedida después de eso nada…nada más que vagos recuerdos de tardes teñidas de naranja y rosa, de observaciones enfermizas.
Beatriz venía de una familia de artesanos y desde niña deformo sus manos de manera que todo barro o arcilla cediera ante ella y de aquella masa húmeda siempre lograba crear…
- Me gusta ser Dios- Se decía a escondidas, porque si fuera escuchada la esperaría penitencia.
De tez color azúcar moreno, y carácter amargo como el agrio sabor del hombre grande después de la coyolera, así era, hermosa detrás de las gubias, los pinceles y el barro de la cuesta del diablo pero encerrada en su cuartito de creaciones, rejega para salir, incrédula para con la gente. Sus padres llegaron a pensar que seria santa de esas que el papa manda a velar a los fieles, solo que pensaban: -sería una santa bravucona.
- ¡diay mi tata pero es que si no salimos no nos casamos!, decía esto Mercedes la mayor, porque si no eran juntas no salían. ¿que iban a decir de una muchacha de familia que saliera sola?
Pero los tiempos cambiaron y como era ya predecible se escapo Mercedes con un vecino que diario la miraba desde la calle, así es el amor en Guanacaste, a primera vista y repentino, violento como un animal del monte.
Y la muerte le llego luego a los tatas de las dos, ya no jóvenes.
Y quedó sola Beatriz como pervertidamente había deseado, sola en aquella casita de adobe y en el pueblo no supieron de ella mas, ni siquiera de Mercedes, se rumoraba que ellas se habían matado y que el alma de Bea en pena se veía recoger barro en aquella endemoniada cuesta, nadie por respeto a los difuntos cruzó otra vez el portón de aquella casa. Más soledad para Beatriz que obligatoriamente por una noche del mes salía del pueblo, cobijada por aquella luna blanca que no era solo Liberiana sino cañera también, corría con los sacos llenos de creaciones, las más vanas, las menos importantes, para ir a Limonal y venderlos, de algo tenía que vivir, completamente insociable se limitaba misteriosa a vender figuras de dioses paganos, vasijas, floreros, máscaras, cómales y otras obras de inimaginable belleza, exquisitas piezas de arte que para ella no tenían realmente valor alguno.
Mística Beatriz pero amarga como el efecto del té de amapolas, encerrada en aquella casita fresca pero ya sin ventanas, ella se había dedicado a tapar las ranuras de las deterioradas tablas y el interior de la casita nunca más vio la luz, dentro era el reino de ella lleno de criaturas hijas e hijos suyos, fieles suyos, santa era para sus masas Beatriz, cubierta de barro rojizo sus redondos pechos que no lograban ya soportar el efecto de la gravedad, sus pies como los de un buey salinero, su rostro casi ya de arcilla también y su pelo, su pelo herido de falsas sequías, alborotado como un matorral como una veranera salvaje, sus piernas corbetas de estar sentada frente aquel circulo rotatorio y creador.
Manuel se llamaba el pintor que trataba de capturar en sus vacaciones la periférica imagen que se daba en la parte más alta de la cuesta del diablo, donde tradicionalmente una de las numerosas familias, la de los Borbones recogían nances, eso sí de día porque de noche cuentan que además de el espíritu en pena de Beatriz salía también el toro negro de ojos rojos que había acabado con Bienvenido, un toro que era el mismo Satanás. Atraído por esto Manuel en las tardes se sentaba ahí para empezar la labor de aquellas acuarelas inseparables, el no conocía pasión tal hasta que después de varios días de sentirse por las noches observado en su campamento, corrió tras aquella fiera animal de apariencia casi humana, un salvaje pensaba él, Beatriz que se dejo atrapar…
Presa Beatriz todos los días, cazador Manuel todos los días. Hombre de sensibilidad nítida, de conocimientos, del valle central; se divertía dejándose observar por Beatriz.
Acuarelas repetía Beatriz en su casita mientras paría moldes de figuras nuevas y frescas y en mujer de barro Manuel pensaba.
Amargo tenía el pensamiento aquella mujer porque nunca conoció dulzura más que la de su madre. Manuel alimentaba ilusiones, estaban enamorados repentinamente, porque así llega el amor en Guanacaste – pensaba.
En la cima de la cuesta aquella y casi a resguardo de la oscuridad una vez él le habló de amor, cosa nueva para Beatriz y más adentro de lo oscuro el artesano fue Manuel al recorrer la seca piel con le barro de aquella amarga y fría mujer.
Ya Manuel dejaba a un lado las acuarelas por instruir a Bea, para que caminara con gracia, que bien pronunciara, que el sexo es de cuidado, que en el pueblo la toman por muerta, en fin él siendo de afuera la informaba.
Ella seguía sin dejarse ver para los demás, solo por Manuel y miraba la delicadeza de sus trazos, la precisión de los colores, la vida atrapada en el cuadro; pero apenas él se percataba de su presencia dejaba todo por atenderla, ella con su acostumbrada indiferencia se dejaba amar, todo le daba, siempre y cuando pudiera al menos ver desde el acto en el suelo aquel cuadro en vertical.
Las vacaciones terminaban y Manuel tenía grandes planes para Beatriz que con su particular talento podría triunfar en San José y vivir a su lado. Esa noche la espero, la luna caminaba por el reloj constante del cielo, las bacinicas acomodadas, el puro ya apagado de los abuelos, los borrachos ya sin charral, sin contrabando inconscientes de machismo, las mujeres ya dormidas dentro de sus toldos como capullos transparentes y algunas en camas ajenas, así ya la noche terminaba, con los niños en sus cunas y los amantes en las hamacas, el caballito sin montura en el potrero y un Carlos Rodríguez que no sonaba.
Y amaneció pero Manuel ya no estaba se había ido y en aquel lugar el mensaje que cinco noches después vería Beatriz:
¡Me has dejado sin pasiones! Sin nada; mujer hija del barro de la pampa, sin cuadros que pintar sin talento, sin alma.
Una despedida poética de insignificante valor para Beatriz que sonreía en su casita reproduciendo lo que ahora mas amaba, precisa, perfeccionista, dedicada, pintaba aquel cuadro cada tarde pero solo lo lograba en vertical. Porque así son las pasiones en Guanacaste (dicen), llegan violentas, feroces, inesperadamente hasta para la vida más amarga.
Final.